domingo, febrero 11, 2007

Parapente


Se llama Lucía, como su madre y su abuela. Tiene siete años y le encanta disfrazarse para parecer mayor. El día que la conocí vestía un jersey de su madre que le llegaba hasta los tobillos y giraba sobre sí misma una y otra vez intentando que la prenda cogiese vuelo. Hacía gracia verla dando vueltas como una loca como si su jersey fuese un parapente en el centro del salón y el salón su pequeño universo por el que girar y girar, sonriendo.

En medio de semejante trajín empezó a balbucear entre vuelta y vuelta tres o cuatro palabras que fui incapaz de entender. Para mi sorpresa, su hermano, que sí pareció entenderla, se colocó tras ella cogiéndola por la cintura, en el aire, y comenzaron a girar como una peonza. Me encantó escucharla reir en medio del juego y al terminar, cuando aún ni si quiera había recuperado el equilibrio e intentaba saludarme cortesmente, como hace la gente mayor -que no se conoce-

Al bajar de los brazos de su hermano se agarró a mi cintura, sujetándose fuerte a mi camiseta por la espalda, tomando en cada una de sus manos un pellizquito de tela con todas sus fuerzas. La recuerdo pidiendo auxilio entre risas de niña, exclamando - ¡Qué se pare el muuuundooo por faavooorr!- y no puedo evitar acordarme de mis siete años, del amarillo difuminado de los girasoles, del leve murmullo del agua al caer de la fuente y de lo bien que saben las cosquillas en los pies durante los aterrizajes forzosos de caída suave.

Así que aquella tarde, de camino a casa, me paseé orgullosa con dos montañitas-estiradas de tela a la altura de las caderas como quién da poco uso a la plancha porque no le gusta.

Tiene los ojos azules como su padre. Y al igual que le pasa a él, su ojo izquierdo es algo más oscuro que el derecho. Así que se podría decir que Lucía es el azul más claro de su padre, aunque el de Lucía sea su madre.

Estas navidades, su boletín de notas traía una postdata de su profesora, junto a la felicitación de navidad, dándole la enhorabuena por sus excelentes calificaciones y por las manualidades taan bonitas que hace en clase de expresión artística. Es cierto que todas esas cosas se le dan muy bien, lo sé porque la habitación de su madre está llena de manualidades hechas a base de todo tipo de material, desde plástico a cartón, pasando por el papel pinocho, de periódico y de celofán. Y son envidiables. Puedo asegurar sin lugar a dudas que es la habitación mejor decorada de toda la planta.

Suele sentarse a mi lado mientras hace los deberes y cuando termina le gusta asomarse a la ventana. Justo debajo hay un colegio y muchas tardes hay competiciones de baloncesto de chicos más mayores. Para verlos se ayuda de un taburete que suele usar su madre para apoyar los pies- Así que de vez en cuando se le escucha exclamando- Uiiiii, casi la mete!- Canasta! o.. Menudo árbitro... Vaya malos que son... Penalty! (¡¿Penalty?!)

Su madre completa orgullosa y sonriente confusiones de este tipo con frases como...-Es normal que acabe confundiendo términos y deportes es hija mía..- Silvia dice que esos comentarios los ha aprendido de su padre, de su hermano y de sus primos y no diremos que no a todos, pero creo que muchos de ellos son de su cosecha propia. Ni que decir tiene que resulta muy divertido escucharlos.

Cuando me voy, Lucía se queda con su madre hasta que su hermano o su tia Silvia van a buscarla. Me acompaña hasta las escaleras con pasitos rápidos o dando zancadas porque sabe que muchas veces voy con prisa. Así que cuando tengo tiempo suele contarme las cosas que ha hecho los días que no la he visto -aunque prefiere hacerlo con un colacao o un batido de vainilla entre las manos- La semana pasada, por ejemplo, su tia la llevó a un concurso de dibujo para niños hasta diez años. Y con cara de poca sorpresa explica que no ganó pero que le dieron tres pegatinas y unos cuantos caramelos que acabó comiéndose a medias con Musk, su dálmata. Para no quedarse ciegos ninguno de los dos - por eso del azúcar ¡Ya sabes!

Dicen que es tranquila, despistada... y que si le explican, no entendería casi nada de todo esto.

Yo creo que lo entiende todo bastante bien.


El médico suele pasar visita por las mañanas así que Lucía, la pequeña, no tiene que verlo nunca. Pero ultimamente ha estado trabajando hasta tarde y ha pasado varias veces por la habitación. La primera tarde que pasó de improviso Lucía estaba de pie junto a mi, esperando a que terminase de cruzarme el bolso y de coger el abrigo y la bufanda para acompañarme hasta las escaleras. Noté que daba un paso atrás y me cogía de la camiseta por la espalda, con su mano izquierda.

Cuando ya me dispuse a bajar por las escaleras, la escuché llamarme. Me di la vuelta, y al hacerlo, la encontré frente a mi, me giró un poquito hacia su derecha y noté que me estiraba la camiseta por detrás mientras la oía musitar- Te la he arrugado sin querer..

Con un escalón de distancia, mientras le daba otros dos besotes de despedida, me quedé pensando en el parapente y en lo mucho que me gustaría tener magía en mis camisetas para poder parar todo su mundo cada vez que se sujeta a ellas..

4 comentarios:

Etiam dijo...

Hola Idun, llevo un tiempo leyendo tu blog, este post me ha encantado, yo era voluntaria de Cruz Roja en la ludoteca de la planta de Pediatría de un hospital y veía cosillas como la que describes en el post :) Me gustan muchas de las cosas que cuentas :)
Un saludito

Idun dijo...

Hola etiam!

Me alegra mucho que te haya gustado el post..El voluntariado del que hablas tiene mucho mérito, siempre he pensado que las plantas de pedriatría son especialmente duras (algunas de ellas sobretodo).. Pero dentro de todo lo malo, estoy segura de que fue una experiencia bonita.

Un besote y gracias por la visita!:)

Harry Reddish dijo...

bonito blog por el que perderse y bonita historia la que nos regalas. Seguro que me perderé más veces por aquí. Muchas felicidades por tu blog

Salud!!

Idun dijo...

Muchas gracias! Por perderte por aquí y por el comentario..
Son cosas que siempre hacen ilusión :)

Un Besote!