
Tenía una hora y media, así que decidí perderme por las calles adyacentes a la de aquel general que le da vida a los viajes. Y como de costumbre, acabé mucho más lejos de lo que estrictamente se puede considerar adyacente. Así que sí, me tocó regresar a paso ligero y contenta de no tener que coger autobuses..
Me perdí al cuarto de hora de ir andando. Pretendía cumplir la visita obligada de la semana cuando oí mi nombre a lo lejos. Era María. Mi María. Mi eMe doble con Mayúsculas. Porque María es ella y La Mandrágora. Y la Mandrágora es María y su café con Nata y Canela a partes iguales.
Se acercó lentamente y a mitad del camino que nos separaba la vi sonreir con sus enormes ojos de carboncillo y con un gesto hábil emprendió una pequeña carrera en sentido contrario que se frenaba a cada paso como queriendo mirar atrás. Como quién juega al pilla-pilla y quiere calcular las distancias hasta poner fin a la broma y regresar corriendo con los brazos extendiéndose en el aire.
Todavía se acuerda - pensé- de lo cardiaca que me ponía que ella o el tercero se zafasen de mi en los juegos.
- Pensaba que ibas a taparte los ojos y a gritar eso de... ¡¡mniiiii!! - dice al acercarse
Sigue igual que siempre. Abrazada a su carpeta llena de postales de todos los sitios que ha visitado, su media melena y sus ojos negros de oliva. Me gusta la forma de sus ojos porque saben a lo bonito de la vida y dan como pequeños saltos como quién busca algo y se alegra de encontrarlo.
Me abraza y le contesto el gesto con la nostalgia de haberla dejado en el camino al marcharme. Ella se dedicó a los números y yo no me quedé ni con ellos ni con las letras. En tierra de nadie encontré una de las cosas que más me llena en esta vida. Y aquella distancia supuso un problema, para qué negarlo. Es difícil compartir día y medio entre apuntes, viajes y otros quehaceres.
- ¿Tienes tiempo? ¿Tomamos un café?
- ¿Con Nata y Canela?
- ¡O con dos de azúcar! - Contesta sonriendo
Fuimos a parar a uno de los bares más extravagantes de la zona, nada que ver con la Mandrágora ni con cualquiera de las cafeterías que frecuentábamos los tres por aquel entonces.
Escogimos una mesa que hacía esquina con ventanales en las dos paredes. En eso no hemos cambiado ninguna de las dos, nos gusta ver el frío que hace en la calle mientras abrazamos con las manos las tazas de café caliente y una nube de calor ondula verticalmente hacía arriba hasta acariciarnos la cara.
Me mira muy seria y sin querer tuerzo un poco la cabeza hacía la derecha. No entiendo qué le pasa y me doy cuenta de que no reconozco esa mirada. Antes nos entendíamos cada gesto y ahora me queda esperar a que explote y me cuente con palabras lo que ya no sé leer con los ojos.
- La cerraron. ¿Lo sabías? - dice finalmente
- Unfs..No, no lo sabía. Es una pena ¿Aquel sitio estaba bien, verdad? - contesto sonriendo mientras recuerdo el lugar y las tardes allí con ella y con Manuel
Mientras, ella mira su café solo, sin nata, sin canela y sin nada que se le parezca.
Me hubiera gustado decirle con palabras que la he echado muchísimo de menos estos años, que me han faltado sus cafés y la sinceridad de sus ojos negros vapuleándome las cosas mal hechas y sintiéndose orgullosa del resto. Los debates a media tarde sobre lo que fuese o las trampas jugando a las cartas con Manuel y la luz cegándonos los ojos o el grito de guerra - ¡mniiii!- cuando me veía perder. Y no soy capaz porque siento que a estas alturas no tengo derecho a tal cosa. Así que me levanto a la barra ante su cara de sorpresa sonriendo como si fuera una niña a punto de contarle a su perro que ha robado dos caramelos en el quiosco de la esquina y que nadie, salvo él y ella, lo saben ( ¡Y qué jamás nadie lo sabrá!)
- ¡Cierra los ojos!
- ¡No!
- ¡Venga, va, no seas niña!
Nos reimos y finalmente cierra los ojos. Y le lleno el café de Nata hasta arriba, con una montaña que amenaza con derrumbarse en menos de cinco segundos, mientras el camarero, un señor de no menos de cincuenta años bastante simpático, nos rie las tonterías que se tienen a los diez años.
- ¡Ya puedes abrirlos!
- ¿Seguro?
- ¡Sí corre!
Abre los ojos y sonríe al ver su café practicamente desbordado, al que acompañamos conversando durante poco más de cuarenta minutos hasta el miércoles que viene, a la espera de Manuel y sus cartas.
6 comentarios:
Linda historia, dejas para más.
Agradecida por la visita.
Un placer.
Te abrazo
hola. me gusta, uno de los más largo y complejos (en tanto desarrollo) de los últimos tiempos. me suena muy raro ese: "nos rie las tonterías que se tienen a los diez años.", porque como que no le agarro bien, me cuesta.
y nada, te leo añorando no el café con nata ni con azúcar, pero sí esos hermosos chocolates calientes españoles.
beso
Recibo la vuelta de la visita con mucho gusto :) Besotes
Pk, Viene a significar que esas tonterías son propias de niños de diez años :P Besotes y una taza de chocolate!
Aaay! qué cosa más buena iniciar el año y leer a Idun. Magnífico presagio.
Un beso!
E
Buenas Idun, ya lo leí hace tiempo pero a la segunda mejora aun.
Leerte siempre me parece como dar un paseo con buena compañía por el parque o paseo marítimo un domingo por la tarde...
Un saludo!!
Esteban, muchas gracias por la visita y por el cumplido :P Me alegra verte de nuevo!:)
Txoak, muuuchaas graaciaass!Y mil sonrisas como la que se me ha dibujado al leer tu comentario! :)
Besotees
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