viernes, febrero 29, 2008

El piano


A veces no puedo dejar de mirarlo. Me curvo en mi silla de escritorio, hacia adelante, cruzo los brazos apoyándolos en la mesa y sobre ellos, descanso la barbilla y lo acecho. Lo miro detenidamente, como si nos conociésemos solo desde hace unos minutos. Trato de mantenerme al margen, de no querer tocarlo. Pero es tan bonito, que no puedo evitar levantarme y sentarme de nuevo, esta vez frente a él, a adorar el negro sobre el blanco.

Hace años que nadie lo toca con asiduidad. Pero cada cierto tiempo, viene un señor a afinarlo, y está ahí, un buen rato, dibujando escalas con los dedos. Hace sonar un "La" en la tecla 49 afinándola a cuatrocientas cuarenta vibraciones por segundo. Esto es lo único que sé decir de carrerilla sin trabarme en la explicación más técnica. Luego me mira con curiosidad y continúa..A través de quintas, cuartas, y octavas he conseguido el círculo cromático hasta concluirlo con el “La” central de nuevo, y finalmente he afinado en octavas el resto de las notas altas y bajos Ante esto, suelo contestar con un "ajá" algo desganado, dejando muy claro en el gesto que no proceso la información que me está dando, pero que obviamente le agradezco el esfuerzo al hacerme partícipe de su obra. Mientras tanto, abro el monedero ¿Cuánto es esta vez, Bruno?pregunto Igual que la anterior, Juliame responde condescendiente, sabiendo que me cobra lo mismo desde hace cuatro años.

Y ahora el café. Vamos, siéntate le digo desde la cocina, escuchando el silencio armónico de sus pasos sobre las baldosas.

A Bruno le gusta estar solo cuando trabaja. Gira la puerta hasta dejar un hueco minúsculo entre ésta y su cierre. Cuando termina de afinarlo hace sonar el Für Elise de Beethoven, pero para entonces la puerta ya está medio abierta, y yo me quedo mirándolos muy quieta, mientras se acarician los dedos con decisión, bajo la calma innata de la música clásica en la obra.

Cuando se marcha, me gusta sentarme frente al piano y acariciar sus ochenta y ocho teclas, con cuidado. Muy lentamente. Cierro los ojos, y revivo la música en el recuerdo. Esta vez le he mirado de frente y le he confesado algo. Voy a hablar de ti, le he dicho, y he acariciado el atril que sostiene la tapa en su reverso, ahora alzado.

Me separé poco antes de nacer María, mi hija de tres años. Vivía sola en un piso de cincuenta metros cuadrados en la calle San Lorenzo. Era lo único que podía permitirme. Me gustaba porque no se escuchaba el eco de fondo cuando sonaba el teléfono, encendía la televisión, o hablaba con María, a través de mi ombligo entre tanto vacío cúbico.

El último mueble en llegar con la mudanza fue el piano. Llegó con una nota colgada, en uno de sus extremos, como si le hubiesen puesto un precio de salida. La nota decía.. "Mueble delicado". Al leerla recuerdo que le di la vuelta girándola sobre el hilo que la sostenía y pensé, "Tan delicado como la vida misma"

María solía darme tantas patadas que a veces ni si quiera podía respirar. Así que me sentaba en el taburete de tapiz granate, frente al piano, alzaba mis pies sobre sus pedales más extremos e inventaba historias sobre él, mientras acariciaba mi incipiente y puntiaguda barriga premamá.

A veces era simplemente un mueble. Una especie de baúl en el que guardar todas las notas musicales, apiladas por tonos y afinidad. En otras ocasiones era un autocar. Uno muy grande, con un montón de volantes: 52 blancos y 36 negros. Cada uno con un destino diferente grabado en la memoria. Y nos pasábamos las noches viajando de un país a otro, sin más vehículo que el nuestro, que volaba, nadaba y flotaba en arenas movedizas si era preciso.

Pero nuestra preferida era -y sigue siendo- otra historia muy diferente a estas.

En el entramado de cuerdas internas del piano, se alza una ciudad extranjera. No es demasiado pequeña, ni demasiado grande. En ella tan solo viven cinco equilibristas, una niña, un nogal y tres algodoneros.

Los equilibristas se dedican a tejer sus trajes a base de algodón, dando pasos a la derecha, a la izquierda, a la izquierda otra vez y de nuevo a la derecha. Así tejen el primer punto. Luego todo son saltos, piruetas, y algún que otro mortal según se acercan a los pespuntes.

La
niña, que siempre tiene la misma edad, suele calzarse con dos cáscaras de nuez. Y camina de lado a lado del piano, haciendo sonar sus clac-clac de noche, cuando todo está en silencio. La gente se empeña en decir que es el sonido de la madera. Que envejece con los años y se queja cuando nadie la escucha. Pero María y yo siempre hemos sabido que el sonido proviene del interior del piano. Que la niña de las cáscaras de nuez duerme de día y se pasa la noche jugando con los equilibristas.

Al nacer María, el piano cobró más y más fuerza. Necesité sus cuentos cada noche, hasta que su respiración se hacía profunda y se adueñaba de todos los sueños, incluido el mío. Dormía de día algunas horas y por la noche, paseaba con mis zapatillas "tap-tap" por toda la casa. Del piano a la cuna y viceversa.

A veces, la niña de las cáscaras de nuez abandona el piano. Ni tú ni yo podemos verla. Simplemente dejamos de escucharla al apagar la luz. Es entonces cuando los equilibristas dejan de tejer vestidos, chaquetas y medias blancas, y se dejan caer sonando extrañamente mal, a este otro lado de las teclas. Entonces llamamos a Bruno y él nos la trae de vuelta..

..Hace sonar un “La” en la tecla 49 afinándola a cuatrocientas cuarenta vibraciones por segundo. Esto es lo único que sé decir de carrerilla sin trabarme en la explicación más técnica..

Pero lo más complicado vendrá en unos años, María, cuando tenga que hablarte de tu padre como si no lo conocieses. Como si nunca hubiese tocado Für Elise para nosotras.

miércoles, diciembre 12, 2007

The Moon sees me (o soltándome el viento)







Si estás nerviosa...

Canta y ya está.






(Por todas las escalas en azul y las siete caras del viento
)


jueves, noviembre 01, 2007

Viento de Palabras

Llevo poco tiempo en este colegio y todavía no conozco bien a los niños de mi clase, así que cuando el profesor grita mi apellido y me manda salir al encerado a leer ríos entre líneas se me suben los colores a las coletas y no sé muy bien qué decir. Nunca sé qué decir cuando hay más de dos pares de ojos desconocidos mirándome así que me escondo detrás del color de los míos y respondo en voz bajita que con tantas clases extraescolares a las que acudir, no he tenido tiempo suficiente para estudiar, y que además, mi perro se ha comido todos mis ejercicios resueltos.

- Parece que le gusta el papel y a mí, fíjese usted, no se me da nada bien la geografía.. - musito mientras cojo un trozo de tiza roja y me mancho las manos escuchando la voz ruda del profesor. Me recomienda, por tercera vez consecutiva en esta semana, encerrar al perro antes de las comidas si no quiero que construya un mapa con todos los ceros que le estoy pidiendo a gritos.

Arrastro los pies hasta la puerta de clase, esta vez no hace falta que me diga que es hora de marcharme a beber los vientos a otra parte. Me ha mirado tan seriamente desde el azul oscuro de sus ojos que he sentido las ganas de salir a la calle a encontrarme con el viento y dejar de sentir el frío viciado del aula. Arrastro las suelas de los zapatos hasta sentir el color atezado de los baldosines en mis pies. "No serán más grandes que mi estuche", pienso, mientras camino y camino entre pasillos y más pasillos.. Que dos más dos son cuatro y no hace falta ser muy listo para entender que esto no es lo mío.

Que dejo el cole.

Me lo repito desde el convencimiento o quizá desde la ignorancia de mis diez años recién cumplidos: Dejo el cole, dejo el cole, dejo el cole..

Acudo a recoger mi castigo a la secretaría, pero veinte pasos antes de llegar, me encuentro con Manuel, el jardinero, y me dice que Rosa, la secretaria, trastabilló hace unas semanas con la fregona de la limpiadora torciéndose el tobillo en consecuencia y que en su puesto han contratado a un señor de pelo blanco cuyo nombre no recuerda. - Los años, hija mía, que pesan tanto que no dejan hueco a la memoria - añade algo desconsolado. Mientras tanto, yo confirmo la noticia, atisbando al fondo, el cubículo acristalado al que me dirigía antes de tropezarme con él y allí está, el señor de pelo blanco, dándonos la espalda. - Está haciendo fotocopias para el examen de matemáticas de 3º B -dice Manuel- No sé si ahora podrá atenderte, pero ¡ve, ve! – y me da dos palmaditas en la espalda, empujándome suavemente hacia delante. Por un instante me dejo caer en brazos de la gravedadEstoy tan cansada… - pienso mientras me retiro con la mano derecha un mechón de pelo que ha decidido deslizarse sobre mi perfil cerrándome la sonrisa.

Me acerco y me quedo en la puerta, acariciando con mi dedo índice derecho el hueco que dejan las letras en una tablita de madera que descansa a mi derecha, a la altura de mi hombro, y leo en silencio digital: se-cre-ta-rí-a y justo cuando estoy en la "a" levanto la mirada y veo al señor de pelo blanco frente a mí con el ceño algo fruncido – Usted debe de ser la jovencita que me manda el Señor Castelar..

Afirmo lentamente, entre aires de arrepentimiento y cansancio, pero no soy capaz de abrir la boca. Ahora, le veo ladear un poco la cara, esperando una respuesta.. Suspiro y se da por satisfecho. Vuelve a girarse hacia la fotocopiadora, y busca entre un montón de papeles hasta sacar uno algo más pequeño. Se apoya en su mesa rectangular, de madera muy fina y muy clara. Garabatea. Mete el papel en un sobre y lo cierra con un lacre de color rojo con el sello del colegio. Extiende hacia mí la mano con la que lo sostiene. – Toma – dice algo serio.

Al cogerlo he notado que me temblaba la mano porque el sobre no dejaba de moverse ligera y rápidamente hacia los lados. Entonces el señor de pelo blanco ha sonreído, se ha agachado un poquito hasta ponerse a mi altura, ha unido sus dedos pulgar y corazón de la mano derecha, extendiendo el resto a su vez, y deslizando ágilmente el corazón sobre el pulgar, ha hecho que mi coleta se columpiase adelante y atrás por unos instantes. Y he sentido el ligero frufrú del viento acercándose a mi oído.

Podría jurar que me ha dicho algo, pero de fondo solo se escuchan las hojas de los árboles moverse intranquilas cuando Manuel abre la puerta principal para ventilar el patio..

Ahora, el señor de pelo blanco se yergue y yo me marcho.

Hasta mañana, jovencita - le escucho decir a lo lejos.

Me giro y lo veo allí, de pie, en la puerta acristalada, sonriéndome. - Debería decirle que mañana no vuelvo -pienso..Pero no creo que le importe y desecho la idea.

Salgo del colegio, con el sobre en la mano derecha. Lo columpio adelante y atrás, como si diese pasos en el aire mientras yo camino. Y de repente, el aire me lo quita de las manos y lo hace girar y girar en torno a mí. Trato de cogerlo, pero no puedo. No puedo, no puedo y me canso. Me quedo quieta y cierro los ojos mientras el sobre sigue girando a mi alrededor y siento de nuevo un frufrú..

De repente todo se queda en silencio. Se para el viento. Las hojas de los árboles dejan de moverse. Mis coletas dejan de columpiarse. Abro los ojos, me giro..

Y veo un viento de palabras, tras de mí, escondiéndose entre las tejas rojas del edificio.

Trato de leer lo que pone pero están tan desordenadas que es imposible.

Si hubiese guardado el sobre en la mochila, pienso a destiempo..

Me quedan tantas cosas que aprender – susurro..

Quizá vuelva mañana y…

Quizá mañana, cuando suba de nuevo a la palestra y el Señor Castelar me pregunte, le diga que he encerrado a mi perro antes de comer, pero que ayer me asedió el viento y se escondió en los bolsillos todos los ríos que conozco.

Y quizá se ría y me ponga un cero.

Pero seguiré allí, bajo mi viento de palabras, haciendo aguas mientras crezco y aprendo a responder a lo desconocido.

lunes, octubre 15, 2007

Luminoso









Se conocieron a principios de año entre bografos de colores y folios DIN-A4. Y desde entonces han pasado volando más de diez meses y doscientos ochenta y cuatro desayunos.

Él le busca la mirada cada mañana, desde el otro lado del azucarero. La ve sentarse en ángulos perfectamente rectos, justo en el lado contrario al suyo, en una de esas cuatro sillas bermellón tan incómodas que no pudo rechazar frente al árbol de su tía Gertudris las Navidades pasadas. - Son perfectas para tu cocina - exclamaba la señora entusiasmada, alzando sus manos enjoyadas hacia el techo, mientras ella, no dejaba de pensar en el contenedor verde que monta guardia frente a su casa y que absorve todos sus grises cuando regresa, a las seis de la mañana, los Domingos de resaca.

Le da vueltas de cuchara a su humeante café con leche con la diestra, mientras inconscientemente no deja de pasarse la mano izquierda por el moflete de ese mismo lado tratando de borrar los últimos resquicios de sus sueños envueltos en pliegues cien por cien algodón con dobleces en los extremos.

Utiliza la misma taza de Lunes a Viernes y el tintineo del metal contra ésta sirven de banda sonora en sus vidas siempre a la misma hora. Siempre hacia la derecha. Rápido, rápido, cada vez más rápido, hasta que a la séptima u octava vuelta, detiene en seco el huracán, y lo ve deshacerse en el centro de sus pupilas, mientras se le instalan las siete de la mañana entre pecho y espalda.

A veces enciende la radio mientras se ducha, y él no puede evitar sentirse bien cuando, entre chorros de agua templada, la escucha reírse al recibir buenas noticias en frecuencia modulada: En módulos de buenos días y sonrisas que inundan las pestañas los días de Sol entre tanta tormenta.

Entonces recuerda de nuevo el día en que la conoció. Se quedó muy quieto mirándola a través de aquel cristal lleno de luz, mientras el sonido de sus tacones se perdía entre pasillos de cartulinas, libros bordados con finales felices, tijeras, sueños recortados, gomas de nata y colores pastel, y fue en ese mismo instante cuando pensó que solo él podría hacerla feliz.

Con el tiempo.

Pero últimamente ella apenas le ha mirado. No le odia, pero cuando recuerda todo lo que ha pasado a su lado, se siente tan pequeña que no es capaz de cruzarle ni tan si quiera una mirada de soslayo.

Pero ha crecido, con el paso de las estaciones. Y lo sabe.

Entonces echa la vista atrás, y hace parar el tiempo frente al castaño de sus ojos, justo el día en que lo conoció. Lo vió, allí, detrás de aquel escaparate luminoso, mientras cargaba entre sus brazos un montón de carpetas amarillas en las que poder almacenar sus recuerdos más allá de todos los finales, y se dijo que lo había encontrado. Podría jurar que él la había mirado antes, pero fue ella quién le invitó a tomar café aquella tarde. Y el resto de sus mañanas.

Pero ahora, que ya ha pasado casi todo un año y se ha visto crecer a su lado y sentir que no es imprescindible en su vida. Que necesita un cambio. Ahora que llega de nuevo el Invierno y sus luces de Diciembre. Y llegan de nuevo los regalos de la tia Gertrudis, y las nuevas esperanzas anulares en el fondo de todas las copas, él deja de mirarla y ella le ve. Y recoge de nuevo sus pasos y sus tacones vuelven a llevarla al mismo sitio. Frente al mismo escaparate luminoso, como si celebrase un aniversario. Y abre el bolso y paga y cierra el bolso. Y no deja de pensar en todas sus ilusiones aún por estrenar, ahora que se muda el corazón y cambia de trabajo, y estrena palabras un día a la semana entre sillas y mesas y encerados y críticas y palabras suaves y cafés de una hora que saben a días completos antes de la media noche.

Ahora que ha llegado el momento de despedirse y ver como él se queda allí, colgado, frente a aquella horrenda silla roja en la que desayuna cada mañana desde hace casi un año.

Ahora, se da cuenta de que no solo fue un calendario en su vida: Fue un modo de sobrevivir aquel Diciembre de Sol en pleno mes de Agosto.

domingo, julio 29, 2007

Neverland




Busca usted joven pupila, algo que jamás encontrará si no es a base de mucho esmero, un poquito de Middlemarch en el desayuno, un pseudónimo en el café de media tarde y dos o tres infusiones semanales que le pinten los dedos de la mejor porcelana en días de viento creciente y fresquito en el vientre. Porque las rimas tontas nunca están de más y hacen sonreir en Nunca Jamás(!)...

..Recuerdo perfectamente la campana que ponía fin a las clases. Tenía cierta entonación burlesca.
Antes de sonar la campana, solía imaginarme al director, con su bigote plateado en extraña armonía con el cenizo tintado de su pelo, escribiendo sobre su escritorio de verde capitán mientras escuchaba de fondo el suave y firme tic tac, tic tac, tic tac.. del reloj de pared de su despacho - que sabe dios no haría juego con el corazón de cualquiera, creánme- Mientras los demás niños, en sus clases, así como en la mía, cuál padre nuestro de cada día (porque esto hoy va de rimas) no dejábamos de pensar en si los cucos invisibles de nuestras muñecas estaban en consonancia directa con el corazón de quién manda o con el reloj despiadado de un simple director que trabaja a deshora..


Así pues, solía imaginarlo sentado en una cómoda silla de tapiz rojo, con el torso erguido y la cabeza ligeramente inclinada hacia abajo y a un lado, sosteniendo la mirada sobre una carta que recogía sus palabras a pie de pluma y Tic Tac.. Con trazo suave y firme Tic tac, Tic tac..

Difícil es dudar que su remitente era altamente importante en su vida, pues quién escribe a pluma señores míos, escribe con el corazón. Suave y firme era su trazo, creedme, y afinad curiosos el oído si queréis saber a qué sonaba el papel rugoso de color canela, que vendían en Neverland, esquina con la mejor y más grande tienda de caramelos que podáis imaginar.


No es para nada un desperdicio descubrirles la voz al papel y a la pluma mientras se deslizan con ritmo hermético entre palabras que fluyen zurdas o diestras, entre zurrones y buzones.

Con rimas o sin ellas.

Cinco minutos antes de la libertad, soltaba la pluma, colocándola paralela a la cabecera del papel, dos centímetros por encima de las concesiones de última hora. Tendería entonces la mirada hacía su derecha, fundiendo al menos por un instante el azul de sus ojos con el del ventanal que cubre todo lo alto y lo ancho de la habitación, extendería la mirada más allá..

Y más allá le haría una confidencia haciéndose dar cuenta entonces que no importa adelantar las intenciones unos minutos si se pueden aprovechar en recoger besos a la puerta del colegio e inventar nuevos juegos con los que sostener sonrisas eternas de un minuto..


Y un minuto más allá, abriría su cajón, y previo consentimiento de la misma, sacaría de él una cajita de madera, la apoyaría sobre la mesa e invertiría su base dos o tres veces no muy lejos del micrófono que contecta con los altavoces del edificio.


Y de repente, un silencio centesimal daría paso a una avalancha de zapatos, zapatitos y zapatillas inundando las escaleras desde el tercer piso a la gloria.

La caja
sonaba cuál soprano interpretando su mejor concierto solista, mientras se nos perdían entre las manos, que no daban a basto para recoger los libros del pupitre, las ganas de mirar la esfera del reloj y la posición exacta de sus agujas, al salir por la puerta grande.


De camino a casa, solía imaginarme que esa cajita tenía una pequeña puerta. Así que cuando el colegio sentía su vacio infantil, el director giraba el pequeño pomo de la pequeña puerta de aquel pequeño mundo sonoro, y una soprano chiquitita, nada usual entre las grandes y orondas figuras que suelen representar personajes como aquel, daba un paso hacia adelante mientras se atusaba sus mejores galas con la delicadeza pertinente de toda una señorita y se quejaba, índice derecho clamando a los cielos, que en próximas ocasiones debería mover su mundo con algo más de cuidado "Que una es pequeñita, y semejantes triple-vueltas, pueden acabar con la vida y el entusiasmo de cualquiera!" Y finalizaba su reclamación con un - ¿Entendido?!- Que dejaba bien claro su simpático desagrado ante la mirada inquieta de su interlocutor.

Ahora, catorce años después, está ahí, sentado, cabizbajo, pensativo, buscándose la mirada en el fondo de una infusión que refleja cada uno de sus últimos seis años contando cuentos a pluma, yendo al parque a jugar a quién sabe cuantísimos juegos, abriendo regalos el día del padre y el del abuelo -aunque no exista en la vida del resto-


Y entonces me viene a la mente un hallazgo externo en su recomendación de director entrecano..

Primer Caballero: ¿Cómo clasificar a tu personaje...? ¿Cómo mejor que la mayoría, o mejor tan sólo en apariencia, y peor debajo de la capa que lo cubre? ¿Cómo santo o como sinvergüenza, como peregrino o como hipócrita?

Segundo Caballero: Más bien, dime cómo clasificas los libros que tienes, las amontonadas reliquias que deja el tiempo. Lo mismo daría distribuirlos de inmediato por el tamaño y la traza: pergamino, ejemplares con amplios márgenes, y los más corrientes encuadernados en piel. Dificilmente abarcarían mayor diversidad que tus etiquetas hábilmente ideadas para clasificar a los autores que no has leído.


Jamás leí esas
cartas que tal vez ni si quiera existieron, pero estoy segura de que ahora mismo aquel señor que parece no quitarle ojo a su infusión, está sentado en su preciosa y cómoda silla roja, sosteniendo la mejor de sus estilográficas en su mano derecha, y con trazo suave y firme..Tic tac, Tic tac.. está haciendo volar sus palabras más allá...

viernes, julio 06, 2007

La Rosa de los Vientos: 5, 16:30




A veces pienso que me encantaría poder dormir una semana entera.

Sin puntos...
ni comas, ni sueños,
ni nada que se le parezca.

Como si recorriese una carretera perfectamente recta que sabe
dónde debe llevarme..
..Dónde quiero llegar.

Y al final del recorrido, en medio de la nada, cubierto de una ligera capa blanquecina de aire, un enorme
portón se deslizaría silenciosamente sobre sus goznes y me daría la bienvenida a un lecho enorme lleno de almohadas y almohadas sobre las que poder lanzarme -sin miedo a caer-, esconderme y coser una vida nueva.

Pero entonces me doy cuenta de que de ser así me habría perdido tantas cosas y me quedarían tantas otras que perder en la ausencia de ese camino, que hoy no os podría contar con una sonrisa inundándome los mofletes..


...Que mientras caminaba de oeste a este me he perdido de camino a casa y he paseado por el bosque del recuerdo con mis zapatitos azules-blancos, blancos-azules y me he dado cuenta de que podría dormir una semana entera, un mes entero, un año entero..
Sin puntos..ni comas,
Pero jamás sin sueños.

martes, junio 19, 2007

Keep Breathing





Siempre me han gustado los sitios llenos de escaleras. Da igual la forma o el número de peldaños que tengan siempre que superen los cuatro. Dicen que tres son multitud, pero en este caso señores, en lo que altura se refiere, sería tal la pequeñez que incluso las hormigas- y los lemmings- lo rechazarían ante un planteamiento de suicidio digno.


Calzaba un ventiséis cuando me regalaron mi primera escalera. Sí, ya sé que suena extraño, pero fue así y así os lo cuento. Me la regalaron un día como hoy, entre lluvias esporádicas y cielos indecisos ante toda una gama envidiable de colores: Que si me pongo el vestido azul, que si el naranja es más bonito, o el gris más elegante.. Tal vez dibuje unos cuantos rayos y me cuelgue algunos truenos entre las nubes y os llene los campos de trigo para el invierno o quizá lo deje para otro día.. Finalmente optó por un cobre que ya hubiesen querido muchos para sus monedas. Y se quedó allí, rondando sobre nuestras cabezas mientras yo me probaba mi nueva escalera en los pies y te quedabas justo detrás sosteniendo con las manos la figura in(di)visible y paralela a mi cuerpo de niña. Esa escalera permanece en su sitio y es posible que tenga ciertas heridas de guerra pero ahora están cubiertas de enredaderas que algún día aprenderán a subir a otros niños a lo alto de aquel muro de chocolate.

Aquel era un buen espacio para pensar. Era el escondite perfecto para los sueños, las letras -huérfanas- y las tizas y ni que decir tiene que era toda una pena abandonarlo. En casa, después de cada jornada de verano
, me esperaba la misma rutina de cada día: Tres vueltas a la Antártida, Una avería en el Sahara y podías ver como se colaban por el desagüe, como en cubitos de recuerdos que no soportan las altas temperaturas-mezcladas: los rastros de tiza, de voto por mí y por mis compañeros, del tacto áspero del tronco al subir a los árboles - más pequeños-, del suave tocar de los manillares de la Bh, del musgo seco de las piedras de regreso a casa y de todas esas cosas que hacían que un verano allí fuese un verano de verdad.

Hoy me ha tocado organizar el taller de manualidades de mis doce niños compartidos. Así que nos hemos puesto manos a la obra entre folios en blanco, ceras, betún, monedas, acuarelas, animales de papel, algodón, y cucharas -algunas con lacitos- que solo calzan un zapato.

Uno de los niños, el más pequeño en su género, tiene la costumbre de buscar tesoros en el fondo de mis bolsillos y lo cierto es que no le culpo, a veces están tan saturados que incluso pierdo las cosas por los pasillos, como quién dibuja inconscientemente su camino de regreso a algún lugar.
Así que de ser más pequeña yo también creería que mis bolsillos-blancos contienen mundos mágicos en su parte más profunda. Antes tenía por costumbre sacar las cosas, alzar el brazo con ellas en la mano y preguntar con gesto curioso: qué eran, para qué servían y de dónde habían salido. Todo un detective en ciernes, como verán. Ultimamente no saca nada de los bolsillos; mete la mano y remueve el contenido suavemente mientras balbucea entre vagones de palabras: guante- botecito - guante -guante - tirita - botecito - tira-de-goma - bolsita.. Chuchuchú-chucuchú..

No puedo deciros con exactitud si la mayor parte de la pintura estaba en sus manualidades o en sus manos. Lo que sí os puedo asegurar es que la mitad del color de sus manos acabó en mis bolsillos.

Así que, sin dejar de pensar en escaleras y en manualidades varias, de camino a casa no he parado de pensar en que empieza el verano. Así que el próximo día me voy a pedir el taller de lectura, para llevarlos a la biblioteca y que puedan subirse a las escaleras para alcanzar sueños un ratito.

Sueños grandes de tapas duras..

lunes, junio 11, 2007

200 Puntos


Para la niña que no pinta paragüas los días de lluvia

Porque sabe de gominolas, bancos, ángeles, botas de color amarillo -con onomatopeyas que hacen salpicar charcos- y combinaciones imperfectas de palabras que cruzan conversaciones hasta convertirse en cuentos. Palabras venidas a más entre manos medicinales a cuenta de un año -más- en el Atlántico y - tal vez- seis meses en el Cantábrico - entre mares y mares de folios-

Porque me encantó calzar un chubasquero amarillo y poder guardarme el cielo en los bolsillos cogida de su letra y de la mano del ángel que más quiero. Y porque jamás me habría imaginado de dónde viene el color de mis botas de agua favoritas, si no me hubiese pintado entre gominolas y lápices de colores haciéndole aguadillas al Sol hasta enredarseme el color en los tobillos.

Porque este cuento no podría llegar de otro modo a mi vida que no fuera entre nubes cargadas de tormentas que retransmiten historias, que en este caso, bien podrían ser cobijadas entre museos de cera o soportales (casapuertas).


Y porque no aprendí a volar pero lo hice. Volé sabiendo que no volvería jamás a la giralda si no es pasando antes por Jaén y por la Tacita de Plata.

Dicen que son lo mejor de andalucía.

viernes, junio 08, 2007

CuentaSueños


Me dicen que cuento los chistes como esta niña los cuentos y lo cierto es que jamás lo he dudado, pero hasta hoy nunca me habían buscado un simil -tan simpático-. Empiezo a hacerme a la idea de que mis ratitos de risas se traducen en pasillos con cientos de puertas que dan a la misma habitación y que jamás parecen terminar de abrirse - o explicarse - eso sí, sin sacar de sus bolsillos, ni por un instante, el sentido del rídículo.

Siempre hay un ceño fruncido en todos mis finales y a veces incluso me peinan sonrisas a la altura de las pestañas.

Haced caso a la marioneta: Cerrad los ojos y que os cuenten un sueño.

O contaoslo vosotros mismos.

lunes, abril 16, 2007

Last Night





lunes, marzo 12, 2007

Sunny Road

Las primeras veces conocí la ciudad a grandes rasgos: Las zonas de bares, las rutas turísticas-sin-mapa, las terrazas y los calcetines altos de los guiris en pleno mes de Agosto.

Recuerdo mi primera visita a la ciudad. Me esperaban en la estación. Teresa me había llamado justo cuando hacía el transbordo de autobús. Quedan 90 kilómetros, le dije, mientras tiraba de mi maleta y escudriñaba los parabrisas de los autobuses a mi derecha, a mi izquierda, delante y detrás, en busca del Coche 1, Plaza 2. El coche de mis diecisiete coma cero ocho, cero coma cero tres de plus, diecisiete coma once de ilusión en mis pulmones.

Mientras Teresa me contaba los miles de planes que habían ideado entre los tres, el conductor pulsaba el botón, ya no sé si era verde o ámbar, que abría las compuertas laterales del autobús para que dejásemos las maletas. La mía se quedó a la izquierda. Era la más pequeña de todas, iba a pasar tres días y era verano, así que el volumen era bastante ligero. Por un momento me dio pena, ver todas aquellas maletas gigantes rodeando la mía, como consolándola por no disponer de tres o cuatro días más para almacenar recuerdos. Y aún así, estaba segura de que aquella no iba a ser la última vez que hablara de ciudades bonitas- aún por ver- con mis compañeros de asiento, o que me comprara pastillas de goma en aquel bar amarillo, de baños amarillos y depósitos transparentes con jabón azul que huele a cereza. A cerezas azules. O que bajara aquellas seis escaleras corriendo porque el autobús arranca y el asiento dos está vacio. Y en realidad, le sobran las ganas a borbotones.

Y es cierto, aquella solo fue la primera vez de tantas. Vuelvo porque esa ciudad es mi punto de inflexión. Porque allí aprendí a escuchar el mar y a compartirlo en silencio. Porque allí me rompí y aprendí a reconstruirme. Y ya no me rompo igual desde entonces, porque tengo mi paseo, mis olas, las sesiones de cine mudo y tus bolsillos llenos de sonrisas que siempre contienen las palabras adecuadas.

Las sesiones de cine mudo las conocemos y yo. y yo y aquellas personas sentadas en el suelo, a nuestro lado, que cenaban y reían mientras tú no dejabas de mirar la pantalla y sonreir y yo no dejaba de pensar en mi maleta, otra vez tan pequeñita, allí entre todas las demás. Tú que me enseñaste a esquivar las erupciones de agua allá dónde se peinan los vientos y las des-ilusiones. Saltando los cubos huecos de piedra que escupen verdades entre corrientes de agua salada que vienen y van, y no se quedan si no es en tu camiseta roja de brazos abiertos. Como las cerezas azules de las estaciones rojas llenas de baldosas amarillas duermevela.

Lo primero que hice, según bajé del autobús, la primera vez que vine a esta ciudad, fue levantar la vista hacia los balcones. Aún hoy soy incapaz de evitar el gesto. Se desprenden con elegancia al exterior, abrazando el cielo con sus colores cálidos, mostrando orgullosos, algunos ciertamente altivos, sus toques de extravagancia a distintas alturas. Como quién baila sobre una plataforma de cristal que jamás va a romperse por muchas telas de araña que le pinten los tacones de las noches de fiesta.

Por la mañana paseo por la playa, con los pies descalzos y el alma al baño maría. Más tarde por la plaza de las marquesinas, que te dije para que pudieras ubicarme antes de tomar café. Luego el café y luego otra vez sola. Los puentes y línea de unión. Los zapatos rojos y los ascensores de cristal que elevan los sueños. Y Miramar. El palacio de las letras perdidas y las notas encontradas. La hierba y de nuevo, los pies descalzos. Las calles y los callejones, y por aquí no es, y por aquí tampoco, pero qué edificio más bonito y qué grande y cuánta luz, y mira la playa justo detrás..

Y fíjate qué casualidad, que todos los letreros de las calles por las que pasé me dicen que es justo allí dónde quiero estar.




Os regalo la canción que me acompañó a ratitos durante el viaje. Es imposible dejarla en casa si tenemos en cuenta lo curioso del principio y el final..!