lunes, junio 08, 2009
domingo, febrero 15, 2009
viernes, febrero 29, 2008
El piano

A veces no puedo dejar de mirarlo. Me curvo en mi silla de escritorio, hacia adelante, cruzo los brazos apoyándolos en la mesa y sobre ellos, descanso la barbilla y lo acecho. Lo miro detenidamente, como si nos conociésemos solo desde hace unos minutos. Trato de mantenerme al margen, de no querer tocarlo. Pero es tan bonito, que no puedo evitar levantarme y sentarme de nuevo, esta vez frente a él, a adorar el negro sobre el blanco.
─Y ahora el café. Vamos, siéntate ─le digo desde la cocina, escuchando el silencio armónico de sus pasos sobre las baldosas.
Pero nuestra preferida era -y sigue siendo- otra historia muy diferente a estas.
En el entramado de cuerdas internas del piano, se alza una ciudad extranjera. No es demasiado pequeña, ni demasiado grande. En ella tan solo viven cinco equilibristas, una niña, un nogal y tres algodoneros.
La niña, que siempre tiene la misma edad, suele calzarse con dos cáscaras de nuez. Y camina de lado a lado del piano, haciendo sonar sus clac-clac de noche, cuando todo está en silencio.
miércoles, diciembre 12, 2007
jueves, noviembre 01, 2007
Viento de Palabras
Llevo poco tiempo en este colegio y todavía no conozco bien a los niños de mi clase, así que cuando el profesor grita mi apellido y me manda salir al encerado a leer ríos entre líneas se me suben los colores a las coletas y no sé muy bien qué decir. Nunca sé qué decir cuando hay más de dos pares de ojos desconocidos mirándome así que me escondo detrás del color de los míos y respondo en voz bajita que con tantas clases extraescolares a las que acudir, no he tenido tiempo suficiente para estudiar, y que además, mi perro se ha comido todos mis ejercicios resueltos.Pero seguiré allí, bajo mi viento de palabras, haciendo aguas mientras crezco y aprendo a responder a lo desconocido.
lunes, octubre 15, 2007
Luminoso

Se conocieron a principios de año entre bolígrafos de colores y folios DIN-A4. Y desde entonces han pasado volando más de diez meses y doscientos ochenta y cuatro desayunos.
Él le busca la mirada cada mañana, desde el otro lado del azucarero. La ve sentarse en ángulos perfectamente rectos, justo en el lado contrario al suyo, en una de esas cuatro sillas bermellón tan incómodas que no pudo rechazar frente al árbol de su tía Gertudris las Navidades pasadas. - Son perfectas para tu cocina - exclamaba la señora entusiasmada, alzando sus manos enjoyadas hacia el techo, mientras ella, no dejaba de pensar en el contenedor verde que monta guardia frente a su casa y que absorve todos sus grises cuando regresa, a las seis de la mañana, los Domingos de resaca.
domingo, julio 29, 2007
Neverland

Busca usted joven pupila, algo que jamás encontrará si no es a base de mucho esmero, un poquito de Middlemarch en el desayuno, un pseudónimo en el café de media tarde y dos o tres infusiones semanales que le pinten los dedos de la mejor porcelana en días de viento creciente y fresquito en el vientre. Porque las rimas tontas nunca están de más y hacen sonreir en Nunca Jamás(!)...
..Recuerdo perfectamente la campana que ponía fin a las clases. Tenía cierta entonación burlesca.
Antes de sonar la campana, solía imaginarme al director, con su bigote plateado en extraña armonía con el cenizo tintado de su pelo, escribiendo sobre su escritorio de verde capitán mientras escuchaba de fondo el suave y firme tic tac, tic tac, tic tac.. del reloj de pared de su despacho - que sabe dios no haría juego con el corazón de cualquiera, creánme- Mientras los demás niños, en sus clases, así como en la mía, cuál padre nuestro de cada día (porque esto hoy va de rimas) no dejábamos de pensar en si los cucos invisibles de nuestras muñecas estaban en consonancia directa con el corazón de quién manda o con el reloj despiadado de un simple director que trabaja a deshora..
Así pues, solía imaginarlo sentado en una cómoda silla de tapiz rojo, con el torso erguido y la cabeza ligeramente inclinada hacia abajo y a un lado, sosteniendo la mirada sobre una carta que recogía sus palabras a pie de pluma y Tic Tac.. Con trazo suave y firme Tic tac, Tic tac..
Difícil es dudar que su remitente era altamente importante en su vida, pues quién escribe a pluma señores míos, escribe con el corazón. Suave y firme era su trazo, creedme, y afinad curiosos el oído si queréis saber a qué sonaba el papel rugoso de color canela, que vendían en Neverland, esquina con la mejor y más grande tienda de caramelos que podáis imaginar.
No es para nada un desperdicio descubrirles la voz al papel y a la pluma mientras se deslizan con ritmo hermético entre palabras que fluyen zurdas o diestras, entre zurrones y buzones.
Con rimas o sin ellas.
Cinco minutos antes de la libertad, soltaba la pluma, colocándola paralela a la cabecera del papel, dos centímetros por encima de las concesiones de última hora. Tendería entonces la mirada hacía su derecha, fundiendo al menos por un instante el azul de sus ojos con el del ventanal que cubre todo lo alto y lo ancho de la habitación, extendería la mirada más allá..
Y más allá le haría una confidencia haciéndose dar cuenta entonces que no importa adelantar las intenciones unos minutos si se pueden aprovechar en recoger besos a la puerta del colegio e inventar nuevos juegos con los que sostener sonrisas eternas de un minuto..
Y un minuto más allá, abriría su cajón, y previo consentimiento de la misma, sacaría de él una cajita de madera, la apoyaría sobre la mesa e invertiría su base dos o tres veces no muy lejos del micrófono que contecta con los altavoces del edificio.
Y de repente, un silencio centesimal daría paso a una avalancha de zapatos, zapatitos y zapatillas inundando las escaleras desde el tercer piso a la gloria.
La caja sonaba cuál soprano interpretando su mejor concierto solista, mientras se nos perdían entre las manos, que no daban a basto para recoger los libros del pupitre, las ganas de mirar la esfera del reloj y la posición exacta de sus agujas, al salir por la puerta grande.
De camino a casa, solía imaginarme que esa cajita tenía una pequeña puerta. Así que cuando el colegio sentía su vacio infantil, el director giraba el pequeño pomo de la pequeña puerta de aquel pequeño mundo sonoro, y una soprano chiquitita, nada usual entre las grandes y orondas figuras que suelen representar personajes como aquel, daba un paso hacia adelante mientras se atusaba sus mejores galas con la delicadeza pertinente de toda una señorita y se quejaba, índice derecho clamando a los cielos, que en próximas ocasiones debería mover su mundo con algo más de cuidado "Que una es pequeñita, y semejantes triple-vueltas, pueden acabar con la vida y el entusiasmo de cualquiera!" Y finalizaba su reclamación con un - ¿Entendido?!- Que dejaba bien claro su simpático desagrado ante la mirada inquieta de su interlocutor.
Ahora, catorce años después, está ahí, sentado, cabizbajo, pensativo, buscándose la mirada en el fondo de una infusión que refleja cada uno de sus últimos seis años contando cuentos a pluma, yendo al parque a jugar a quién sabe cuantísimos juegos, abriendo regalos el día del padre y el del abuelo -aunque no exista en la vida del resto-
Y entonces me viene a la mente un hallazgo externo en su recomendación de director entrecano..
Segundo Caballero: Más bien, dime cómo clasificas los libros que tienes, las amontonadas reliquias que deja el tiempo. Lo mismo daría distribuirlos de inmediato por el tamaño y la traza: pergamino, ejemplares con amplios márgenes, y los más corrientes encuadernados en piel. Dificilmente abarcarían mayor diversidad que tus etiquetas hábilmente ideadas para clasificar a los autores que no has leído.
Jamás leí esas cartas que tal vez ni si quiera existieron, pero estoy segura de que ahora mismo aquel señor que parece no quitarle ojo a su infusión, está sentado en su preciosa y cómoda silla roja, sosteniendo la mejor de sus estilográficas en su mano derecha, y con trazo suave y firme..Tic tac, Tic tac.. está haciendo volar sus palabras más allá...
viernes, julio 06, 2007
La Rosa de los Vientos: 5, 16:30

A veces pienso que me encantaría poder dormir una semana entera.
Como si recorriese una carretera perfectamente recta que sabe dónde debe llevarme..
Y al final del recorrido, en medio de la nada, cubierto de una ligera capa blanquecina de aire, un enorme portón se deslizaría silenciosamente sobre sus goznes y me daría la bienvenida a un lecho enorme lleno de almohadas y almohadas sobre las que poder lanzarme -sin miedo a caer-, esconderme y coser una vida nueva.
Pero entonces me doy cuenta de que de ser así me habría perdido tantas cosas y me quedarían tantas otras que perder en la ausencia de ese camino, que hoy no os podría contar con una sonrisa inundándome los mofletes..
...Que mientras caminaba de oeste a este me he perdido de camino a casa y he paseado por el bosque del recuerdo con mis zapatitos azules-blancos, blancos-azules y me he dado cuenta de que podría dormir una semana entera, un mes entero, un año entero..
martes, junio 19, 2007
Keep Breathing

Siempre me han gustado los sitios llenos de escaleras. Da igual la forma o el número de peldaños que tengan siempre que superen los cuatro. Dicen que tres son multitud, pero en este caso señores, en lo que altura se refiere, sería tal la pequeñez que incluso las hormigas- y los lemmings- lo rechazarían ante un planteamiento de suicidio digno.
Calzaba un ventiséis cuando me regalaron mi primera escalera. Sí, ya sé que suena extraño, pero fue así y así os lo cuento. Me la regalaron un día como hoy, entre lluvias esporádicas y cielos indecisos ante toda una gama envidiable de colores: Que si me pongo el vestido azul, que si el naranja es más bonito, o el gris más elegante.. Tal vez dibuje unos cuantos rayos y me cuelgue algunos truenos entre las nubes y os llene los campos de trigo para el invierno o quizá lo deje para otro día.. Finalmente optó por un cobre que ya hubiesen querido muchos para sus monedas. Y se quedó allí, rondando sobre nuestras cabezas mientras yo me probaba mi nueva escalera en los pies y tú te quedabas justo detrás sosteniendo con las manos la figura in(di)visible y paralela a mi cuerpo de niña. Esa escalera permanece en su sitio y es posible que tenga ciertas heridas de guerra pero ahora están cubiertas de enredaderas que algún día aprenderán a subir a otros niños a lo alto de aquel muro de chocolate.
Aquel era un buen espacio para pensar. Era el escondite perfecto para los sueños, las letras -huérfanas- y las tizas y ni que decir tiene que era toda una pena abandonarlo. En casa, después de cada jornada de verano, me esperaba la misma rutina de cada día: Tres vueltas a la Antártida, Una avería en el Sahara y podías ver como se colaban por el desagüe, como en cubitos de recuerdos que no soportan las altas temperaturas-mezcladas: los rastros de tiza, de voto por mí y por mis compañeros, del tacto áspero del tronco al subir a los árboles - más pequeños-, del suave tocar de los manillares de la Bh, del musgo seco de las piedras de regreso a casa y de todas esas cosas que hacían que un verano allí fuese un verano de verdad.
Hoy me ha tocado organizar el taller de manualidades de mis doce niños compartidos. Así que nos hemos puesto manos a la obra entre folios en blanco, ceras, betún, monedas, acuarelas, animales de papel, algodón, y cucharas -algunas con lacitos- que solo calzan un zapato.
Uno de los niños, el más pequeño en su género, tiene la costumbre de buscar tesoros en el fondo de mis bolsillos y lo cierto es que no le culpo, a veces están tan saturados que incluso pierdo las cosas por los pasillos, como quién dibuja inconscientemente su camino de regreso a algún lugar. Así que de ser más pequeña yo también creería que mis bolsillos-blancos contienen mundos mágicos en su parte más profunda. Antes tenía por costumbre sacar las cosas, alzar el brazo con ellas en la mano y preguntar con gesto curioso: qué eran, para qué servían y de dónde habían salido. Todo un detective en ciernes, como verán. Ultimamente no saca nada de los bolsillos; mete la mano y remueve el contenido suavemente mientras balbucea entre vagones de palabras: guante- botecito - guante -guante - tirita - botecito - tira-de-goma - bolsita.. Chuchuchú-chucuchú..
No puedo deciros con exactitud si la mayor parte de la pintura estaba en sus manualidades o en sus manos. Lo que sí os puedo asegurar es que la mitad del color de sus manos acabó en mis bolsillos.
Así que, sin dejar de pensar en escaleras y en manualidades varias, de camino a casa no he parado de pensar en que empieza el verano. Así que el próximo día me voy a pedir el taller de lectura, para llevarlos a la biblioteca y que puedan subirse a las escaleras para alcanzar sueños un ratito.
Sueños grandes de tapas duras..
lunes, junio 11, 2007
200 Puntos
Para la niña que no pinta paragüas los días de lluvia
Porque sabe de gominolas, bancos, ángeles, botas de color amarillo -con onomatopeyas que hacen salpicar charcos- y combinaciones imperfectas de palabras que cruzan conversaciones hasta convertirse en cuentos. Palabras venidas a más entre manos medicinales a cuenta de un año -más- en el Atlántico y - tal vez- seis meses en el Cantábrico - entre mares y mares de folios-
Porque me encantó calzar un chubasquero amarillo y poder guardarme el cielo en los bolsillos cogida de su letra y de la mano del ángel que más quiero. Y porque jamás me habría imaginado de dónde viene el color de mis botas de agua favoritas, si no me hubiese pintado entre gominolas y lápices de colores haciéndole aguadillas al Sol hasta enredarseme el color en los tobillos.
Porque este cuento no podría llegar de otro modo a mi vida que no fuera entre nubes cargadas de tormentas que retransmiten historias, que en este caso, bien podrían ser cobijadas entre museos de cera o soportales (casapuertas).
Y porque no aprendí a volar pero lo hice. Volé sabiendo que no volvería jamás a la giralda si no es pasando antes por Jaén y por la Tacita de Plata.
Dicen que son lo mejor de andalucía.
viernes, junio 08, 2007
CuentaSueños
Me dicen que cuento los chistes como esta niña los cuentos y lo cierto es que jamás lo he dudado, pero hasta hoy nunca me habían buscado un simil -tan simpático-. Empiezo a hacerme a la idea de que mis ratitos de risas se traducen en pasillos con cientos de puertas que dan a la misma habitación y que jamás parecen terminar de abrirse - o explicarse - eso sí, sin sacar de sus bolsillos, ni por un instante, el sentido del rídículo.
Siempre hay un ceño fruncido en todos mis finales y a veces incluso me peinan sonrisas a la altura de las pestañas.
Haced caso a la marioneta: Cerrad los ojos y que os cuenten un sueño.
O contaoslo vosotros mismos.



