Llevo poco tiempo en este colegio y todavía no conozco bien a los niños de mi clase, así que cuando el profesor grita mi apellido y me manda salir al encerado a leer ríos entre líneas se me suben los colores a las coletas y no sé muy bien qué decir. Nunca sé qué decir cuando hay más de dos pares de ojos desconocidos mirándome así que me escondo detrás del color de los míos y respondo en voz bajita que con tantas clases extraescolares a las que acudir, no he tenido tiempo suficiente para estudiar, y que además, mi perro se ha comido todos mis ejercicios resueltos. - Parece que le gusta el papel y a mí, fíjese usted, no se me da nada bien la geografía.. - musito mientras cojo un trozo de tiza roja y me mancho las manos escuchando la voz ruda del profesor. Me recomienda, por tercera vez consecutiva en esta semana, encerrar al perro antes de las comidas si no quiero que construya un mapa con todos los ceros que le estoy pidiendo a gritos.
Arrastro los pies hasta la puerta de clase, esta vez no hace falta que me diga que es hora de marcharme a beber los vientos a otra parte. Me ha mirado tan seriamente desde el azul oscuro de sus ojos que he sentido las ganas de salir a la calle a encontrarme con el viento y dejar de sentir el frío viciado del aula. Arrastro las suelas de los zapatos hasta sentir el color atezado de los baldosines en mis pies. "No serán más grandes que mi estuche", pienso, mientras camino y camino entre pasillos y más pasillos.. Que dos más dos son cuatro y no hace falta ser muy listo para entender que esto no es lo mío.
Que dejo el cole.
Me lo repito desde el convencimiento o quizá desde la ignorancia de mis diez años recién cumplidos: Dejo el cole, dejo el cole, dejo el cole..
Acudo a recoger mi castigo a la secretaría, pero veinte pasos antes de llegar, me encuentro con Manuel, el jardinero, y me dice que Rosa, la secretaria, trastabilló hace unas semanas con la fregona de la limpiadora torciéndose el tobillo en consecuencia y que en su puesto han contratado a un señor de pelo blanco cuyo nombre no recuerda. - Los años, hija mía, que pesan tanto que no dejan hueco a la memoria - añade algo desconsolado. Mientras tanto, yo confirmo la noticia, atisbando al fondo, el cubículo acristalado al que me dirigía antes de tropezarme con él y allí está, el señor de pelo blanco, dándonos la espalda. - Está haciendo fotocopias para el examen de matemáticas de 3º B -dice Manuel- No sé si ahora podrá atenderte, pero ¡ve, ve! – y me da dos palmaditas en la espalda, empujándome suavemente hacia delante. Por un instante me dejo caer en brazos de la gravedad – Estoy tan cansada… - pienso mientras me retiro con la mano derecha un mechón de pelo que ha decidido deslizarse sobre mi perfil cerrándome la sonrisa.
Me acerco y me quedo en la puerta, acariciando con mi dedo índice derecho el hueco que dejan las letras en una tablita de madera que descansa a mi derecha, a la altura de mi hombro, y leo en silencio digital: se-cre-ta-rí-a y justo cuando estoy en la "a" levanto la mirada y veo al señor de pelo blanco frente a mí con el ceño algo fruncido – Usted debe de ser la jovencita que me manda el Señor Castelar.. –
Afirmo lentamente, entre aires de arrepentimiento y cansancio, pero no soy capaz de abrir la boca. Ahora, le veo ladear un poco la cara, esperando una respuesta.. Suspiro y se da por satisfecho. Vuelve a girarse hacia la fotocopiadora, y busca entre un montón de papeles hasta sacar uno algo más pequeño. Se apoya en su mesa rectangular, de madera muy fina y muy clara. Garabatea. Mete el papel en un sobre y lo cierra con un lacre de color rojo con el sello del colegio. Extiende hacia mí la mano con la que lo sostiene. – Toma – dice algo serio.
Al cogerlo he notado que me temblaba la mano porque el sobre no dejaba de moverse ligera y rápidamente hacia los lados. Entonces el señor de pelo blanco ha sonreído, se ha agachado un poquito hasta ponerse a mi altura, ha unido sus dedos pulgar y corazón de la mano derecha, extendiendo el resto a su vez, y deslizando ágilmente el corazón sobre el pulgar, ha hecho que mi coleta se columpiase adelante y atrás por unos instantes. Y he sentido el ligero frufrú del viento acercándose a mi oído.
Podría jurar que me ha dicho algo, pero de fondo solo se escuchan las hojas de los árboles moverse intranquilas cuando Manuel abre la puerta principal para ventilar el patio..
Ahora, el señor de pelo blanco se yergue y yo me marcho.
Hasta mañana, jovencita - le escucho decir a lo lejos.
Me giro y lo veo allí, de pie, en la puerta acristalada, sonriéndome. - Debería decirle que mañana no vuelvo -pienso..Pero no creo que le importe y desecho la idea.
Salgo del colegio, con el sobre en la mano derecha. Lo columpio adelante y atrás, como si diese pasos en el aire mientras yo camino. Y de repente, el aire me lo quita de las manos y lo hace girar y girar en torno a mí. Trato de cogerlo, pero no puedo. No puedo, no puedo y me canso. Me quedo quieta y cierro los ojos mientras el sobre sigue girando a mi alrededor y siento de nuevo un frufrú..
De repente todo se queda en silencio. Se para el viento. Las hojas de los árboles dejan de moverse. Mis coletas dejan de columpiarse. Abro los ojos, me giro..
Y veo un viento de palabras, tras de mí, escondiéndose entre las tejas rojas del edificio.
Trato de leer lo que pone pero están tan desordenadas que es imposible.
Si hubiese guardado el sobre en la mochila, pienso a destiempo..
Me quedan tantas cosas que aprender – susurro..
Quizá vuelva mañana y…
Quizá mañana, cuando suba de nuevo a la palestra y el Señor Castelar me pregunte, le diga que he encerrado a mi perro antes de comer, pero que ayer me asedió el viento y se escondió en los bolsillos todos los ríos que conozco.
Y quizá se ría y me ponga un cero.
Pero seguiré allí, bajo mi viento de palabras, haciendo aguas mientras crezco y aprendo a responder a lo desconocido.